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¿Por qué me gusta ser expatriada?

Hace poco, una amiga muy querida escribió qué era lo que más le gustaba de ser expatriada y me hizo pensar en las razones por las que a mí me gusta serlo (¡si, en presente, aún me siento parte de ese clan!), qué es lo que hace esa experiencia tan adictiva. Seguro tengo más razones, pero creo que estas son las más importantes:

  1. Eres más libre. Pero no libre de hacer lo que te da la gana, libre de ser quien eres, sin presiones, sin expectativas del resto. Como me dijo una vez alguien, yo siento que florecí, que la distancia me dio espacio para ser yo, para encontrar mi yo o quizás para construirlo. Lo cierto es que estoy convencida que el proceso de crecimiento que he vivido estando lejos no lo hubiera vivido estando en casa…y será siempre lo que más agradezca de esta vida de expatriada.
  2. Conoces tanta gente distinta. Y aprendes mucho de ella. Aprendes a ver la vida desde otros ojos, que las cosas pueden hacerse de mil maneras diferentes y ninguna es LA forma, o la mejor. Son sólo formas y opciones y a cada uno le sirve la que le sirve y ya. Que cada uno es distinto y que en esas diferencias está la riqueza.
  3. Conoces tantos sitios distintos. Yo siempre digo que hay demasiado mundo por recorrer. Siendo expat hay más oportunidad de recorrerlo… y de conocerlo a veces de manera más profunda, porque no solo pasas de visita, sino que lo vives. Y también hay más chance de visitar, de ver sin vivir, hay más posibilidades de viajar. Es como estar un poco siempre con una sensación de movimiento.
  4. Aprendes idiomas distintos. Y estos te tienden puentes, te dan nuevas formas de comunicar, te hacen conocer más una cultura, de abren las puertas a un mundo distinto al que conocías. Y si no aprendes todos los idiomas de los lugares en los que vives, al menos los escuchas, los reconoces, te sientes verdadero ciudadano del mundo en medio de tantos sonidos y melodías maravillosas (unas más maravillosas que otras, ¡claro!).
  5. El reto de empezar. Hay gente que lo odiaría, yo lo amo. Es duro, lo he vivido bastante seguido en los últimos años…y he llorado también bastante, pero la sensación de satisfacción una vez que estás bien, que te sientes cómoda, vale el esfuerzo (y el sufrimiento, cuando lo hay). Ese sentir que uno al final lo puede todo, que luego del momento difícil siempre hay algo bueno, que se termina siendo más fuerte, conociéndose más. Ese crecimiento personal que se logra a punta de hallarte constantemente fuera de tu zona de control es realmente intoxicante y adictivo.
  6. Te cambia la mente, te hace crecer, tu cerebro se expande (y tu corazón también). Todo lo anterior te cambia, te hace otro. Ver tantas realidades, tantas posibilidades que antes jamás hubieras pensado, tanto que nunca hubieras imaginado, expande tus ideas, tus oportunidades, tu abanico de opciones. Te crece el corazón también, aprendes nuevas formas de querer, a valorar cosas que antes dabas por sentadas, a apreciar las pequeñas cosas que para ti son importantes, las que te hacen sentir feliz y en paz.
  7. Te vuelve más tolerante y a la vez intolerante. Tolerante con las ideas nuevas, con las distintas formas de ver el mundo y hacer las cosas, con las culturas y las costumbres… con las personas distintas. A la vez muy intolerante con la intolerancia (si, se que es contradictorio, pero así lo siento), con la maldad, con la discriminación, con aquello que vulnera los valores que (según uno) deberían ser imprescindibles en un mundo abierto e inclusivo, un mundo para todos.
  8. Aprendes, de mucho, pero sobre todo de ti. Te conoces y te valoras. Te enteras de lo que puedes hacer, de tu fuerza. Porque uno no sabe lo que es capaz de hacer hasta que lo tiene que hacer.

Cuéntenme, los que son expatriados, ¿qué es lo que más les gusta?

 

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